- Daniel -
Era 1994 y me encontraba en la cima del éxito profesional. De inmediato, puse en acción aquello de que “el amor no es amor si no lo regalas” y asumí a dos huérfanos de la violencia como los hijos de mi corazón. Eran mi sangre, mis sobrinos, quienes desde entonces me regalaron el privilegio de sentir el amor de padre y de alguna manera ser un faro en su sendero. Con mi esposo hicimos lo que estuvo a nuestro alcance, como papás. Hoy, el país cuenta con dos ciudadanos empeñados en hacer el bien; responsables, respetuosos, honestos, justos y trabajadores. El mayor, de 27 años, es ingeniero, trabaja en una multinacional y vive con su novia e hija; el menor, de 24, se especializa como cirujano plástico en Alemania.